Tu silueta me despierta, se ha vuelto casi imperceptible con el paso de los años. Pero la siento serena, con el olor a hierba fresca, y la colonia de margaritas con la que te levantabas. Muchas veces, vuelvo a ser un niño, y cuando perciben mis sentidos el olor de tu cabello, siento que esta mañana me despertare en el campo saldré hacia afuera y te veré en el fogón preparando la arepa del desayuno. Otras veces, cuando el miedo acude a mi vida, cuando siento que la estabilidad difícilmente conseguida se tambalea, te siento, acurrucada a mi lado, arropándome en las noches de frio y dándome el calor que ninguna mujer o alguna pasión ha podido darme en más de medio siglo de vida. Los días mas sombríos, te recuerdo fúnebre: debilitada por la enfermedad, con tu bata blanca, con los cabellos ensortijados, o con la última imagen que tengo tuya: sobre la estufa, batiendo el ponche que no llegaría a beberme porque la muerte fue más urgente y te llevo justo en ese momento. Pero en los mejores días, en los que revives en las sonrisas de mis hijos, en los que renaces con el sol, te recuerdo como siempre: alegre, transparente, sencilla. No hay un día, que no te piense. No hay un día que no te extrañe, no ha habido una mujer en la vida que pudiera amar mas.
Escrito por Eva